jueves, 30 de enero de 2014

Cuando el mundo cambió...




"- En un paisaje desolado el mar embravecido despertó y cobraron vidas las rocas, las algas y todos los seres inertes sin alma. Y decidieron recorrer mundo. Y un inmenso y reconfortante olor a mar recorrió todos los rincones de aquella sucia y fea ciudad. Las algas se colgaron de los rascacielos llenando, con sus cascadas de colores, el frio gris del cemento. Los niños se columpiaban en ellas como lianas. Las rocas se sentaban en medio de las calles a dialogar y a meditar. Mientras los humanos, incrédulos, no daban crédito a lo que sus ojos veían. Pero, poco a poco, la brisa del mar los fue serenando, apaciguando. Dejaron las prisas y quehaceres diarios y se sentaron descalzos a contemplar como el mar se abría paso entre las grandes avenidas y los parques huerfanos, ya, de árboles. Y el agua purificadora limpió el hollín y la suciedad de las paredes. Del alma de todos los habitantes de aquella ciudad."- Me explicó mi abuelo limpiándose las lágrimas, en un tierno gesto, con el antebrazo. Me sonrió y continuó hilando las redes desde el techo de una gasolinera oxidada y en ruinas que el mar había cubierto. Yo continué pescando con los pies sumerjidos en aquel mar cristalino.

sábado, 25 de enero de 2014

La Danza con la luna

 (Enlace musical: Lorenna McKennitt- All souls night)
Fue una noche de febrero. El frío viento del norte envolvía el pueblo en un aire gélido y mortal. Evelyn Beldam no era una esposa convencional. Tenía pensamientos y sentimientos propios. Nada que ver con su adusto y religioso cónyuge.
Gustaba de andar descalza por la casa, canturreando y danzando. Gerard la atosigaba con su aférrimo control. Cuando se conocieron no era así. Nada quedaba de aquel joven fuerte y decidido, con una risa franca y modales de campesino. Adoraba aquellas manos calientes, toscas, curtidas por la tierra . Cada caricia la hacía estremecer. No había día en el que no se amaran, a hurtadillas, escondidos de los ojos inquisidores de los mayores.
Pero, tras el matrimonio, responsabilidades lo fueron tornando frío y reservado. Sus calientes manos se tornaron gélidas e impolutas. Y sus modales se tornaron contenidos, perfectos, agobiantes. Evelyn sentía que se asfixiaba cuando se encontraba en su presencia. Así que no le importó cuando él decidió dormir en el estudio donde escribía los sermones y en el que se pasaba horas entre libros.
Si, la religión había supuesto  fin a su vida matrimonial. Para convertirse en una relación de conveniencia.
Y esa noche de febrero ella ya no pudo más. Porque no se pueden poner rejas a un corazón libre como las aves salvajes del páramo. Y si, esa  noche el páramo, la cascada secreta del bosque de sauces rojizos, la luna...las estrellas...Todos ellos la llamaban. Y mientras el frío azotaba las ramas de los árboles contra el tejado de la casa, Evelyn, descalza y apenas cubierta por un fino camisón de lino, salió fuera de la casa. Y se encontró ante ella, una majestuosa y hermosa luna de plata brillante. Serpenteando unas pocas estrellas la rodeaban y Evelyn por fin pudo suspirar de alivio. Estaba en casa. Los silbidos del viento en mitad de la noche lo envolvían todo. El pelo alborotado revoloteaba, juguetón, sobre su rostro. Y por unos segundos se estremeció al recordar las caricias de Gerard cuando estaba sobre ella en la cama. Volvió a escuchar sus jadeos y suspiros al oido,mientras entraba y salía de ella. Y unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se rebeló y comenzó a limpiarselas y a tratar de olvidar.
Miró de nuevo la luna y entonces lo escuchó. El sonido de una música. Sonaban violines y flautas a lo lejos. En dirección al bosque de sauces rojizos. Y sus pies tomaron la iniciativa y se dejó guiar por la melodía. Corrió entre el viento y las sombras de la noche. Bajo la luna llena, corrió desesperada. Las ramas de los sauces le golpeaban la cara, pero a ella no le importó. Era una necesidad acuciante, vital. Vió la luz de las llamas. En el centro del bosque, junto a la cascada secreta, un grupo de mujeres bailaban bajo la luna llena, rodeadas de antorchas encendidas.  Todas estaban desnudas, de todas las edades. Los músicos permanecían entre los árboles, como cobijándose y respetando el ritual íntimo y femenino. Y Evelyn no pudo resistir las ansias de libertad, las ganas de volar. Se despojó del fino camisón y fué hacía el grupo de mujeres y tomó las manos de la primera que encontró en el camino. No hubo palabras, sólo miradas cómplices, el lenguaje de los sentidos. El lenguaje ancestral de la diosa, de la madre naturaleza. Entonces aquella mujer, la empujó al centro del grupo. Y fué entonces cuando, la joven y vital Evelyn, regresó a aquel cansado y encorsetado cuerpo. Y bailó, como si estuviera sóla. Una danza desafiante y majestuosa con la luna. Los brazos y los pies sincrónizados en una armonía tal que el resto de las mujeres pararon a contemplarla. Los ojos se posaban sobre ella, con ternura y amor. Formaron un círculo alrededor de ella, cogidas de la mano. Sintieron la llamada de la loba que gritaba por salir dentro de Evelyn, aprisionada. Y comenzaron a entonar unos versos en un lengua olvidada, antigua. Ella comenzó a agitar su cuerpo convulsivamente, como en un trance. La música se aceleraba a cada movimiento de ella. Las mujeres subieron el tono y ahora gritaban, alentándola, guiándo su camino entre las sombras que la rodeaban.  Esas sombras que la aprisionaban dentro de ella misma. Cayó al suelo retociéndose, con los brazos hacía el cielo. Todas se arrodillaron alrededor, con las manos unidas, animándola. Y entonces ella paró, en seco. Abrió los ojos y mostró a todas las presentes los ojos de la loba renacida. Una a una, las mujeres se acercaron y comenzaron a a abrazarla y a besarle la frente. Dándole la bienvenida al lado salvaje de la mujer. Recibiendo a la loba, de nuevo, al mundo de la madre naturaleza. Se alejaron silenciosamente, dejándola sola. De entre las sombras de los sauces una figura másculina permaneció en silencio, observándola durante unos minutos. Mientras ella miraba embelesada la luna, meciendo sus cabellos. No siente frío, porque la sangre caliente de la loba la protege. El hombre de las sombras se muestra, camina hacia ella lentamente. En silencio. Se situa a la espalda de ella. Evelyn, nota su presencia, pero no huye asustada. Conoce ese olor, conoce a ese hombre. Es su hombre. Gerard la toma por la cintura con una mano y le besa el cuello apartándole los cabellos. Ella se estremece de nuevo, como antaño. Se gira y busca su boca mientras se aferra a él violentamente. Lo mira unos instantes a los ojos,y le dice:

-Tar ar ais go dtí mo lámha, mo mac tíre milis agus fiáin  (Ven de nuevo a mis brazos, mi dulce y salvaje lobo). Lig dom a thaispeáint duit an mbealach seo, mo ghrá (deja que te enseñe el camino, mi amor)...
Gerard se desnuda y cae de rodillas a sus pies. Ella le acaricia los cabellos, mientras el le besa el vientre.
 - Bhí mé caillte amhlaidh, mo shaol ( Estaba tan perdido, mi vida)- y las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos liberando su corazón oprimido.
 Y permanecen juntos, desnudos, abrazados, hasta que las luces del alba asoman en el horizonte.