viernes, 7 de febrero de 2014
El dolor ausente.
Gnossiene nº 1
Aquel vestido le pesaba. Le faltaba el aire y andaba de un lado a otro del cuarto. Como una fiera enjaulada. La boca seca, jadeante. Debía decir la verdad, pero, ¿cómo?. Había sido fácil tomar la decisión, pero ahora vendría el paso más dificil, llevarla acabo. Las manos se arremolinaban sobre su pecho, como en un gesto de oración, pero ella sólo trataba de encontrar el equilibrio, la serenidad que necesitaba. ¿Cómo decirle que ya no era la misma mujer con la que él se había casado?. ¿Cómo explicarle que estaba agotada de luchar, que se había quedado sin fuerzas?... Y lo había intentado, con todas sus fuerzas, con una voluntad inquebrantable, con una devoción tal que la había dejado extenuada. Pero de nada habían servido todos esos años de empeño y de amor. No quería seguir luchando contra la corriente.
No quedaba, apenas, nada de aquel hombre decidido y sereno que había cruzado el mar para conquistarla. Había conseguido romper todas las barreras e impedimentos que ella le ponía en el camino.Pero él no se rindió y consiguió acabar con toda su resistencia. Volvía a faltarle el aire y abrió los enormes ventanales de aquel frío salón. El viento sopló como un huracán y ella volvió a respirar. Su mente se aclaraba. Había hecho un esquema mental de cómo le iba a decir que quería marcharse. Quería volver a encontrarse a si misma. Pensaba que no era demasiado tarde para empezar de cero. Y no era justo para él, permanecer al lado de una mujer que ya no sentía nada por él. Ella no tenía miedo a la soledad, tenía miedo a la monotonía que se había instalado entre aquellas cuatro paredes. Se había amoldado, casi sin darse cuenta, a las costumbres de él. Y había ido perdiendo su esencia por el camino. No reconocía a la mujer que había frente al espejo. El rostro melancólico, los ojos tristes y una perpétua expresión de sumisión y conformismo. Y tuvo ganas de gritar, se odiaba a sí misma por no haber permanecido fiel a aquella mujer increible que había sido.
Sonaron unos golpes en la puerta de la entrada. Ella se asomó y vió un hombre de uniforme esperando. No lograba reconocerlo. Permaneció ensimismada unos minutos antes de reaccionar a los golpes insistente de aquel extraño. Fue escaleras abajo a toda prisa y abrió bruscamente...
- ¿Señora Hopeless?.
Ella asintió.
- Buenas tardes... tengo una que informarle que su marido se encuentra grave en el Hospital. Está en estado de coma. Fue atropellado por una camioneta a la salida de su trabajo. No creemos que pueda sobrevivir. Por favor, tiene que acompañarme...
Y aquello lo cambió todo. Sintió un profundo dolor en el pecho y las lagrimas se conviertieron en un rio constante en su rostro. El policia trató de agarrarla cuando, al girar a buscar el abrigo y el bolso, se desequilibró. Permaneció en silencio todo el trayecto. No dijo ni una palabra mientras los médicos le explicaban el estado del herido. No se la oyó articular palabra cuando la acompañaron a la habitación de cuidados especiales. Y fue entonces, sóla ante él, cuando lo supo. Supo cuanto le amaba aún, supo que áun no era el momento de que nadie partiera y a pesar de no creer, rezó.
Y pasaron las horas y él no reaccionaba.Los médicos se arremolinaban a su alrededor. Todo indicaba que iban a desconectar los aparatos que lo mantenían con vida.Pero esperaban la orden de la esposa. Y ella sintió el peso de la muerte sobre sus espaldas. Ella no quería despedirse, no quería perderle, no quería... y sintió el roce de un dedo en la palma de la mano. Y pensó que era fruto del dolor, de la desesperación. Y entonces fueron dos y tres. Ella gritó sobresaltada y los médicos acudieron y la apartaron de él. Poco a poco se fueron calmando. Ella permancecía como mera espectadora en una esquina de la habitación, paralizada por el torbellino de sentimientos. Y se sintió un fraude, una usurpadora. Alquien que no merecía estar allí, alguien sin derecho a sentir dolor. Salió del cuarto, en silencio, como había venido. Siguió caminando hacia la calle y continuó perdida sin rumbo y se fue alejando del hospital y se perdió entre la gente, hasta que desapareció entre el tumulto de las calles.
Dos meses más tarde, ya recuperado, trato de buscarla, pero había desparecido. Su ropa, sus joyas, todas sus pertenencias permanecían intactas en la casa. Toda la documentación, todo. Ella no se había llevado nada. Simplemente desapareció. Él creyó que se había cansado de esperarlo, pensó que era comprensible. Después de todo le había creido muerto. Tocaron a la puerta. Él acudió dando pasos torpes porque áun tenia problemas con la coordinación.
- ¿Aún no aparece? - preguntó la mujer que se encontraba al otro lado de la puerta- Es mejor así. No sabías como dejarla. Y tu sentías pena por ella. Y mira como reacciona cuando tu la necesitabas. Esta situación era insostenible. Tira toda la ropa, todas sus cosas. Ella no va a volver y yo no quiero que su recuerdo impregne las paredes de la casa, cada rincón con sus recuerdos...
- Será mejor que te vayas, Enma- la empujó suavemente fuera de la casa y dió un portazo. Ella comenzó a aporrear la puerta y a gritar, mientras él desapareció escaleras arriba hasta su cuarto y ya no salió...
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