Desapareció entre las puertas de la casa. Aquel extraño espíritu. Un
alma que habitaba los rincones de mi memoria. Inundaba mi mente de
recuerdos que me atormentaban. Lo mejor era extirparlos, aniquilarlos.
Derramar toda mi ira en ellos. Con la casa a oscuras, sin querer que
nada ni nadie me desconcentrara de mi propósito. Con el semblante frio y
mecánico. Como el doctor que estirpa amígdalas a una larga fila de
críos. Me detuve ante la cómoda del salón. Podía sentirla, palpitando en
su interior. Llamándome, esperándome en lo profundo de aquel mueble.
Mi mano pedía sentirla, tocarla. Mi corazón acelerado luchaba con mi
cerebro para ganar la batalla. Noté su presencia, apenas un susurro,
sobre mi hombro. Me aterró la idea de estar siendo manipulado. Inducido a
acabar con mi vida por otro. Me armé de valor y abrí la cómoda. Estaba
envuelto en una toalla, lo noté con el tacto. Las balas estaban junto a
el . Sólo había tres. A mi, con una sola, me bastaba. La cargué y
busqué algo donde sentarme, una silla o el sofá. Lo que fuera. Estaba
decidido. Todo iba a acabar. El tormento, el sentimiento de culpa, la
tristeza por no haber podido impedir que él se fuera sólo después de la
fiesta. Que borracho condujera a ciento cuarenta kilómetros por hora y
se estampase contra un muro. Que se abriera la cabeza y muriera en
lenta agonía durante mas de una semana. Debí de haber sido un buen
amigo y acompañarlo. Debí cuidarlo como él lo había hecho por mi.
Debí...
Da igual, ahora estaremos en paz. A tientas, meto el cañón
del revolver en mi boca. Cierro los ojos. Inútil, para que los
cierras. Todo está a oscuras. El sudor resbala por mi frente. ¿Pero que
me pasa?...Otra vez el susurro, al oído. No te entiendo, déjame en
paz. Ya voy contigo, no me presiones. Lo haré. Juré que lo haría. Te he
seguido hasta aquí, como prometí. ¿Qué mas quieres de mí?... Pero..¿que es ese estruendo?. Viene del dormitorio. "Mierda creí que no había nadie".
Alguien ha encendido una luz, oigo un lamento. Es Silvia, crei que estaba con su madre. Se acerca, jadeante. Tengo que esconder el arma bajo el cojín.
- ¿Quién anda ahí?.Váyase o llamaré a la policía.,...¡Oh dios mío!, eres tú, ¿qué haces a oscuras?...
¡Pablo!!. Tienes que ayudarme, me
duele. Tienes que ayudarme, el bebé está de camino y creo que no podré
llegar al hospital....
- Por dios, reacciona. Ayúdame...pero ¿qué haces aquí?,... ¿como has entrado?
jueves, 13 de marzo de 2014
domingo, 9 de marzo de 2014
LA HIJA DEL VIENTO
Irene creció entre las sombras de una casa austera y desde muy niña la nostalgia invadía su corazón. Distorsionaba la imagen de ella misma. Atesoraba sus planes, sus deseos en un rincón oscuro de su corazón. Donde la luz no alcanzaba, porque no debía quedar expuesta a los demás. Eran pensamientos muy intimos. Ella no podía permitirse ese lujo.
- Las miserias guardalas en casa- le decía su madre- Todo oculto, todo bajo llave cariño.
Se repetía esas frases una y otra vez, mentalmente, cuando sentía la tentación de expresarse. En los momentos de debilidad. Sus hermanos campaban a sus anchas. Ella debía medir cada palabra, cada gesto. Como una toda una señorita.
No estudió porque..."ni falta que le hace", vociferaba su padre. Y trabajaba cuidando hijos ajenos de los señores ricos de la ciudad, presumia su madre. Nadie le preguntó a Irene si ella quería esa vida. No. Toda su vida estaba ya organizada, medida, hasta el ultimo detalle. Le presentaron a Luis, su marido, en el velorio de su yaya. Con los ojos aún enrojecidos, con el alma encogida de la pena, asintió amorosamente a cada pregunta, a la que la bombardeó, la que iba a ser su suegra. Las dos mujeres cerraron el trato antes de la misa solemne y las vidas de Luis e Irene ya estaban entrelazadas como un acuerdo comercial entre dos grandes corporaciones. Donde los directivos deciden lo mejor para los accionistas, asegurando que es lo que más les conviene.
Tuvieron 6 hijos, los que dios les quiso enviar, lloraba apenada su suegra. Las caderas de Irene sufrían a cada parto, pero los Robledo querían mas descendencia. Seis nietos no eran suficientes para preservar la gran estirpe. Un hijo detrás de otro, sin descansar. Luis deslomándose e Irene en casa como una reina, solía jactarse su suegro. Su madre avergonzada, renegaba de Irene: Deberías tentarlo más hija. Pintate más y en la cama dale lo que te pida, él sabe,él manda. Tu obedece. E Irene obedecía, siempre.
Hasta aquel fatídico día. El generalisimo había muerto, todo se volvió caótico. Su padre y su suegro se atrincheraron en la fábrica de colchones Robledo. Todos los nietos fueron a parar a casa de los abuelos paternos, por seguridad, junto con la abuela materna. Nadie se preocupó por Irene. Ella sólo había sufrido un desmayo en su sexto mes de embarazo del septimo hijo que esperaba. En el sótano de la casa. Había salido rodando escaleras abajo y se retorcía de dolor en el descansillo entre lágrimas, mientras apretaba su vientre y rezaba. Las horas pasaban y nadie acudía a socorrerla. Pensó que era una maldición, por haber pensado en que seis hijos eran demasiados. Le habían inculcado que tenían que venir los hijos que dios dispusiese enviar. Y así con 31 años, estaba aún fértil. Pero el séptimo iba a tener que luchar. Pensaba en que Luis, su amorcito, su marido leal vendría a rescatarla. Como todo un caballero andante. Pero Luis andaba en una feria en Sevilla, acompañado por su secretaria, en la habitación del hotel, desnudos y retozando mientras jugaban al mus y bebían un caro brandy de reserva...
Irene supo que estaba sóla. Que iba a tener que salir de esa ella sóla. Pero la pequeña Sofía quería venir al mundo ya, aquella que iba a convertirse en la única niña de sus siete hijos. Pero eso Irene no lo sabía. No sabía del impetu y la fuerza de la naturaleza que iba a ser Sofía. No sabía que iba a convertirse en la única nieta de Los Robledo que acabaría una carrera universitaria. La única de los hermanos que se iba a casar pasados los treinta años, en Holanda con Grëte, su alma gemela. Una rubia y tímida abogada holandesa pro-derechos humanos. No sabía que ella, y sólo ella, se la llevaría fuera de España, en contra de la opinión del resto de sus tios. Que, a pesar de lo salvaje de las lesiones, pensaban que su abuelo había tenido un arrebato de ira y que las más de 15 patadas en el pecho de su madre habían sido por la impotencia de haber perdido todos los ahorros de la familia por invertir en bolsa mal aconsejado. Pobre hombre, que culpa iba a tener él...
Pero Sofía se la llevó. Y pudo darle a su madre los últimos tres años de su vida, lo que el mundo le había negado desde la cuna, por ser mujer. Irene esa noche no sabía que estaba a punto de nacer el amor de su vida. Y con apenas siete meses se abrió paso a este mundo entre dolores y sangre...mucha sangre. Y aquella fragil e indefensa criatura, que había estado a punto de quitarle la vida a su madre en el parto, fue la que la salvó.
Pasaron dos dias hasta que una de sus vecinas, alertada por los llantos de Sofía, había llamado a la guardia civil.
- Seguro que la loca esa de Irene Galindo habrá intentado matar a la criatura. Es una madre desnaturalizada- comentaba la afligida vecina, jactándose de conocer a Irene de toda la vida, cuando apenas había cruzado unas pocas palabras en mas de 9 años en el vecindario.
Encontraron a Irene inconsciente, con la pequeña Sofía encaramada al pecho de su madre, absorbiéndole la vida. Toda la familia acudió al hospital, pero sus caras reflejaban la decepción al descubrir en el nido el cuerpo diminuto y pálido de Sofía. Tuvo que esperar, mas de un mes y medio, antes de irse a casa con el resto de sus hermanos.
Esa ventosa mañana de Enero empezó a cambiar todo. Mientras Sofía iba camino a casa en brazos de la solitaria compañía de su madre, su padre y sus hermanos fallecían en un grave accidente de tren de vuelta de las vacaciones de navidad en Ferrol. Habían decidido ir todos y dejar a Irene en casa, pasando las navidades, completamente sóla, porque se negaba a dejar a su pequeña sóla en el hospital. Fue la primera vez en que Sofía salvó la vida de su madre. Y no fue la última....
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