miércoles, 26 de noviembre de 2014

SER YO

Y dejé de mirarme en los espejos, cansada de buscarme y no encontrarme.
Desbibujé las huellas de mis pasos por la arena porque, a donde yo iba, nadie debía acompañarme.
Deshice todos los nudos de mi garganta y liberé las mariposas que revoloteaban en mi estómago. Ya no me volverían a hacer falta.
Decidí renunciar a ti, porque dueles demasiado. Porque finalmente no vales tanto la pena.
Me liberé de la pesada carga de defraudarte, de nunca satisfacerte.
Me cansé de sentir dolor por la que soy, de disculparme por ser, por existir, por sentir, por pensar y expresar la que soy.
Siempre la seré, esa mujer que eres incapaz de aceptar, de entender, de perdonar... De amar. Siempre lo seré. Hasta el último dia, hasta la ultima hora. Hasta en el ultimo aliento de vida que me quede, no dejaré de ser yo.
Hasta que me muera, seré yo.
Porque me encanta ser yo.
(Virginia Martín)


otra... 

domingo, 23 de noviembre de 2014

AGALLAS


 

Somos los hijos bastardos de la apatía.
Los amantes crueles de la nostalgia.
Vendimos a nuestra madre en un
mercadillo de saldos .
Cerramos los ojos y miramos a otro lado.
Como si aquello no fuera con nosotros.
Somos adictos a la miseria, al dolor ajeno,
al me importa un carajo.
Nos abrimos en canal y nos expusimos sobre la mesa del carnicero.
 Para que negociara con nuestras entrañas.
¿De qué nos quejamos ahora?
¿A qué vienen esas lamentaciones?
Guarda tu ropa y sigue nandando.
Y demuestra, entonces, un poco de agallas.
 

Virginia Martin

jueves, 20 de noviembre de 2014

LO QUE DEVORARON LAS HIEDRAS


(Fotografía de Carmen Moreno Guedes. 20 de Noviembre de 2014- Ugarte de Mujica, Pais Vasco)

A penas queda nada. Nada de lo que fuimos entre estos muros.
Todos esos rincones secretos donde jugabamos, donde nos escondiamos, los han devorado las hiedras y las malas hierbas. Nuestros nombres pintados en las paredes los arrastró la lluvia y el viento.
Todo esos momentos, antes de que crecieramos, antes de que nos distanciaramos, quedaron suspendidos en el tiempo.
A cada paso parece que te oigo silbar o reir a carcajadas, entre la maleza. Siento que en cualquier momento  vas a volver a aparecer con ranas escondidas en los bolsillos con las que nos atemorizabas.
Sentada sobre el muro de la alberca me siento a llorar, como aquella vez que se murió Sancho, el perro ovejero del abuelo. Y me estremezco al sentir posarse tu mano, dulcemente, sobre mi hombro antes de abrazarme.

Detrás de la tapia trasera en ruinas, rememoro por unos instantes aquel beso furtivo que nos dimos, ya adolescentes. Iluminados por los fuegos artificiales de las fiestas del pueblo, me acorralastes entre tus brazos y nos dimos nuestro primer beso. Con sabor a vino dulce. Rodeados por el embriagador aroma de los almendros en flor. Deshiciste mi trenza con tus dedos, mientras tu cuerpo, apretado contra el mio se agitaba y yo suspiraba, apenas sin aliento...
Entonces el viento agita mis cabellos y me devuelve a la realidad. A toda esta decadencia y desencanto. Donde ya tú no estas. Donde ya no somos los que eramos. Y me pregunto dónde estarás. Qué habrá sido de ti. Me dejaste sola en el pueblo, tras la muerte de tus abuelos, y las cartas cada vez eran menos. Hasta que un día no llegaron más.
Ya empieza a oscurecer y el frio helado del monte me recuerda que es tarde. Tarde para lamentarse, tarde para remover el pasado. Y decido despedirme de ese lugar, para no volver. Doy un último vistazo desde la reja antes de partir. Y una mano familiar vuelve a apoyarse sobre mi hombro. Unos dedos deshacen mi trenza y me estremezco. Tu risa vuelve a resonar entre esos muros en ruinas y vuelvo a recuperar la niña que fuí. A aceptar la mujer que soy.
Y oscurece mientras permanecemos en silencio, tomados de la mano, escuchando como vuelven del pasado esos dos mocosos, a despertarnos.
(Virginia Martin)

CANTOS DE PAJARITOS


Dicen los pajaritos que ya me olvidaste.
Que dejaste que el amor se perdiera entre el tiempo y los recuerdo.
Que abandonaste toda esperanza de brillar en el cielo de mi vida.
Que arrastraste nuestras palabras por el lodo.
Que te burlaste de cupido y sus burdos trucos para conquistarte.
Que clavaste tu bandera en tierra de nadie. En terreno baldio, seco.
Dicen algunos pajaritos que abandonaste toda gloria. Que te esfumaste entre lo que pudo haber sido y en lo que te has convertido ahora.
Que te escondes del miedo en los rincones de la soledad. En los cómodos sillones de una vida anestesiante. Para no sufrir, para que no te hieran.
Que tienes el corazón blindado y enjaulado entre barrotes.
Pero lo que no saben esos pajaritos es que, mientras todos han perdido la esperanza, incluso tú, yo aún mantengo intacta mi fe en ti.
(Virginia Martín)

martes, 18 de noviembre de 2014

TODA LA LLUVIA


Toda aquella lluvia cayó sobre la ciudad.
Arrastró el hollin de los coches, el polvo de las aceras.
Ese veneno gris que sueltan las chimeneas...
Pero no lo logró....
Borró los carteles de los portales, destrozó las vallas publicitarias.
Dejó inservibles los paraguas.
Formando lodazales, desembocando rios en las alcantarillas...
Pero, aún así, no pudo.

Y toda aquella lluvia cayó sobre mi.
Limpiando olvidados surcos de mi piel.
Destiñiendo mis desgastadas ropas,
empapando mis cabellos.
Dejando inservibles mis sandalias.
Pero no lo consiguió.
Por muchos intentos, no fué posible.
Toda aquella lluvia cayó
Pero no pudo llevarse todo el rastro de tus recuerdos.
(Virginia Martín)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

PRETÉRITO PERFECTO


Surcando su mano me dí cuenta de las cicatrices que escondía entre los dedos. Esos dedos con los que trenzaba mis cabellos rebeldes y encrespados, mientras surgían cuentos de su imaginación. Los mismos dedos con los que pellizcaba mis mejillas en señal de protesta cuando desobedecía. Crecí con esas manos acariciando las mias cuando el insomnio la atormentaba, en las frias noches de invierno. Una vez me habló de su juventud, antes de los hijos, antes de las penurias. Cuando era joven y despreocupada, cuando le esperaba un mundo de posibilidades. Antes de que se agotara su tiempo.
Nunca la he echado tanto de menos como en estos momentos. Se fué pronto, demasiado pronto. Apenas tuve tiempo de demostrarte lo fuerte que soy abuela. No tuve tiempo para darte las gracias por ese poderoso talento superviviente que heredé de ti. Mira que he caido....tantas veces. Y tantas veces he tenido que levantarme. Pensaba en qué me dirías si me rendía. No puedo decepcionarte. A ti nunca. Todos estos años reconstruyendo día a día todo mi mundo desmoronado. Huyendo de gritos, de reproches. Buscando las armas que dejastes escondidas en los recovecos de mi memoria. Los escondrijos secretos donde evadirme de la realidad. Construí una vida paralela donde tu existías. Y al que acudía cuando todo era doloroso, insoportable. Huía a esa casa que olía a pan recien hecho, a tazones de leche recien ordeñada. A pasteles de carne, a agua de lavanda. Me tumbaba en tu cama y tú no estabas enferma, ni agotada. Te oía descansar tranquila, y si prestaba suficiente atención escuchaba los latidos de tu corazón acompasado y sereno.
Años más tarde acudí a esos recuerdos cuando el dolor me partía por la mitad, cuando empujaba y empujaba, extenuada, y rota. Cuando mi bebé no salía, cuando se resistía a venir al mundo. Cuando las fuerzas empezaban ya a fallarme. Te invoqué, te rogué que empujaras conmigo, que vinieras y me mostraras el camino. Cuando creí no ser lo suficientemente fuerte, lo suficientemente valiente. Y viniste, unos segundos más tarde y te llevaste mi angustía. Y pude verte en los ojos de mi hijo en el primer cruce de miradas. Y volvió todo a su  sitio. Todo fué pretérito y feliz. Como cuando era niña y volvía del colegio y me recibía el olor a arroz con leche con canela en rama. Y tu risa franca, abierta.
Siempre serás mi pretérito preferido. Mientras me quede un aliento de vida serás, hasta el último instante, mi pretérito perfecto.

Dante's prayer

lunes, 3 de noviembre de 2014

LAURISILVAS

A partir de su memoria dibujaste las raices que te iban a unir a esta tierra. 
Verdes bosques cerrados, helechos cubriendo los huecos del cielo.
Su sonrisa franca en mitad de la nada. Un millón de sueños por cumplir a su lado y el miedo desbocandose por tu seca garganta.
Lo mirabas con ilusión y la ingenuidad de quien ama sin esperar temor.
Él fue generoso, en un principio. Te enseñó sus secretos.
Tú, en aquel marco idílico, le creiste. Creiste que aquello era para siempre. 
Que habías encontrado el puerto donde dejar reposar tus restos para toda la eternidad.
Pero te equivocaste, como siempre.
El musgo que cubría las piedras humedas, el olor a tierra ancestral... 
Todo se alió para que sucumbieras al embrujo de las viejas laurisilvas de aquel bosque encantado. Con sus duendes caprichosos columpiándose entre las ramas. Repleto de hadas que pronunciaron sus encantamientos en voz baja, para que no descubrieras el engaño.
La isla, entera, te envolvió bajo su manto esmeralda. Y te enamoraste de ella como te habías enamorado, primero, de él.
Pero el amor mortal, se acaba. Eso era lo que te habían contado las viejas del lugar.
Se desvance como lágrimas de mar evaporándose sobre las negras rocas volcánicas de lava candente. Ebulliendo con el fuego de las entrañas de esta tierra.
Pero aún te ama. Ella te ama. Te busca, te envuelve, te llama. Con su ejercito de Laurisilvas te mantiene atada, entre las lianas. Bendijo el amor con un hijo nacido fruto del amor. 
Y sabe que siempre estarás atada. Todo exige sacrificio.
Es el precio que debes pagar por pisar el bosque de las Laurisilvas encantadas.