Me cansé de destilar amor barato.
De migajas desperdigadas, dosificadas, envasadas.
De creer que hay tiempo, que se puede cambiar.
Acepté que de donde ya no hay, no hay nada.
De donde nunca hubo, nada quedó.
La balanza se volvió de mi lado.
Vino a mi la lucidez que da la locura,
entre tanto cuerdo deshonesto.
Que no te toca porque se gasta, que no comparte, porque sino no le alcanza. Que si, pero no, para más tarde.
Me dejé de milongas y tangos.
De boleros anticuados.
De cuentos chinos de saldos.
De purpurina en el pelo y rimel nublando este cerebro adormecido.
Perdí la puta corona de princesita mustia. Para acabar llevando la cabeza bien alta, la cara lavada.
El corazón hinchado y orgulloso. Porque cuando yo quiero, yo amo.
Y a mí el amor, el querer, no me dura dos telediarios.
Nadie como tú me conoce
y por eso es tan difícil engañarte
y fingir que nada ocurre.
Nadie como tú me conoce
y me cuesta, cada vez menos, desacostumbrarme, desintoxicarme,
recomponerme.
Nadie como tú hace que se me suelte la lengua,
revelándote los planes para el secuestro y robo de mis pensamientos.
Sin apenas tortura, tirando por tierra mis planes de prosperar.
Para acabar siendo,
voluntariamente, tu rehén.
Nadie como tú me conoce,
pero por eso siempre serás
el más inapropiado,
el más sincero,
el más duro y el que mas duele.
Nadie debería conocerme como me conoces tú y por eso,
de un tiempo a esta parte,
decidí guardarme en un cofre cerrado bajo 7 llaves.
Una por cada vez que me has roto el corazón.
Sólo se que nadie te ha conocido como yo.
Y sin embargo no conozco tus intenciones.
Tal vez, un dia, te decidas a desvelar tu secreto
y para ese entonces habré dado, al fin, con el antídoto a tu influjo.
Y es aquí donde reside el alma,
atormentada, del poeta.
Que para escribir se inventa.
Que versa sobre sus dias.
Que hiere con su prosa.
Que lastima con su rima.
Que llora de rabia
con párrafos incendiarios.
Que devora el tiempo entre
la tinta que emborrona el papel
Que apura sus últimos versos
en el ansia de sus dedos.
He aquí este epitafio,
de uno que amó la vida,
a pesar de que ésta,
muchas veces, le escupió a la cara.
(Virginia Martin)

Hasta el día de hoy, no había oído hablar de la historia. Ocurrió hace ya muchos años.
Habían dos pequeñas princesas, hermanas, que vivían en un modesto castillo. Sus padres reinaban un pequeño país ya casi en ruinas. Las ventanas desvencijadas, la puerta rota, los setos abandonados y marchitos... Ese viejo castillo se iba cayendo a trozos cada día. Los reyes deprimidos discutían siempre, echándose la culpa el uno al otro. Por no haber sabido gestionar bien su reinado.
Y en medio de aquel caos las pequeñas princesas trataban de buscar la felicidad, la una en la otra. Refugiándose en un mundo inventado por ellas, repleto de música, de rincones y pasadizos secretos.
Cada vez que los reyes montaban en cólera ellas solían recurrir a sus escondrijos.
Hasta que un día los reyes abdicaron. Y parecía que la paz iba a comenzar a reinar en las vidas de las princesas. Pero el mal siempre adopta formas inimaginables y volvió para amenazar con romper el pequeño mundo de las hermanas.
Acabaron separadas las una de la otra, en medio de una guerra silenciosa, de miradas y reproches, de dolor e ira guardada, contenida de muchos años.Comenzó la guerra por el reino abandonado.
El destino las hizo pasar por muchas batallas solitarias. Era difícil defenderse sin el apoyo de la otra.
Pero lo fueron consiguiendo. De vez en cuando la vida las unía y rememoraban esos viejos lugares que habitaron. Siempre que se sentían perdidas, cerraban los ojos, donde quiera que estuviesen y se buscaban en sueños. Juntas encontraban su pequeño y maravilloso reino. Donde las estrellas eran el techo y el mar la música que las mecía hasta que se quedaban dormidas, la una junto a la otra, de la mano. Inseparables.
Tengo una madre de nacimiento, a la que adoro, con la que riño, me enfado y me vuelvo a reconciliar. Pero hoy pienso en todas esas madres que no saben que lo son. Que nunca han traído un hijo a este mundo, por elección o no. Pienso en todo ese amor que dan, a todas esas personas que las rodean. En toda esa generosidad. Yo he tenido algunas madres más. Unas mas mayores y otras más jóvenes. Estas últimas han tenido que serlo, sin quererlo. Algunas luchan por mantener sus sueños e ilusiones intactas. Es difícil en un mundo en el que todo se hace cuesta arriba. Un mundo en el que das dos pasos hacia delante y cuatro hacia atrás. Y mantener la esperanza es una prueba de valentía y honor. A todas esas madres indirectas, quiero darles las gracias y felicitarlas. Especialmente a mi pequeña princesa guerrera. Eres el mejor regalo que me hicieron papá y mamá. No sé donde coño estaría sin ti ahora. No sé si existiera ahora, en este mismo instante. Sólo se que existes, y eso me reconforta. Eres uno de los motivos para seguir luchando cada día.
Sueño con regresar a nuestro reino. Sueño con enseñárselo a mi pequeño gran hombre. Sueño con enseñarle todas esos pasadizos secretos. Sueño con que un día lo hagamos juntas tú y yo.
Hasta entonces....manten la fe. La fe en nosotras, mi pequeña Martha.