Ya no cubre el agua del mar
mis tobillos mientras oteo el horizonte.
A veces me parece distinguir tu silueta
de pie, sobre el barco, surcando el mar tranquilo y sereno.
A penas sopla algo de brisa que acaricia
mis canos cabellos.
Debí parecerte una idiota haciéndote tantas
promesas que, de sobra sabíamos, nunca,
iba a poder cumplir.
Aún siento ese nudo en la garganta al tratar de despedirme sin soltar una lágrima.
Siempre estuvistes seguro de tu destino.
Siempre supistes que nunca volverías.
Por eso no te girastes cuando te alejabas.
Por eso dejaste que gritara que te quería, dándome, como respuesta, tu silencio.
Ese fue el motivo por el que me permitiste
hacer lo que se me antojara los días previos.
Recuerdo, a ratos, descubrirte mirándome divertido y embelesado, como si volviera a ser joven y bonita, como la época en que nos conocimos.
Multiplicastes, en aquel tiempo, las caricias y los besos.
Los abrazos desnudos, tus jadeos,
sudoroso y rendido enredado en mi cuerpo.
Es como si te burlaras del destino.
Como si te burlaras de mi.
Ya no pertenezco a este lugar.
Ya no es esta mi playa, mi refugio.
Ahora es el camposanto al que vengo
a ver como descansan tus restos.
Ya no cubre el agua del mar la piel y los
huesos, lo que queda de este cuerpo.
