Y finalmente decidí hacerlo.
Comencé a hacer recuento de cada cosa con todos los dedos de mis manos.
No podría contar los instantes que he vivido.
Contar los miedos,
los misterios,
las llamadas,
las miradas.
Contar la memoria
Y toda mis historias.
Contar las ausencias
Y las falsas apariencias.
Contar todos esos solitarios llantos.
Las canciones que he podido cantar en alto.
Contar tus pequeños dedos,
Y todas esas veces en las que te velaba en sueños.
Contar los retazos de amor,
Las veces que escuché "te amo"
y los cientos de momentos en que me rompieron el corazón.
Contar a esas personas que jamás tendré, o que jamás volveré a ver,
a tocar,
a oler.
Contarte cuantas veces te extraño
aunque sepa que me hace daño.
Contar contigo con el paso de los años.
Seguir contando con todos esos instantes
que aún me quedan por vivir.
(Virginia Martín)
jueves, 16 de marzo de 2017
EL LOBO Y LA LUNA
Y así ocurría durante las noches de luna llena, cuando el aire se viciaba del aroma que desprendían las hojas de los árboles.
Cuando el viento susurraba entre silbidos cánticos ancestrales.
Cuando su corazón palpitante anhelaba la llamada de lo salvaje.
Ella, la luna, se mecía, picarona, entre las nubes embaucándolo con su poderoso embrujo.
Sabedora de su poder lo llamaba encumbrada en la cima de la montaña.
Fuerte y deslumbrante.
No podía resistirse y la llamaba, insistente, para regresar a sus brazos.
Para volver a la raiz del universo y fundirse el uno junto al otro.
Pero nunca cumplía su promesa y una y otra vez ella le engañaba.
Y una y otra vez él la creía. Con fervor enfermizo. Ese que sabes que no te será correspondido pero que te completa.
Que te hace sentir vivo.
Y así bailan eternamente, el lobo y su amada la luna.
Con el sueño efímero de algún día hallarse en los brazos el uno del otro.
Mientras tanto... No dejes de soñar conmigo mi dulce lobo.
(Virginia Martín)
Cuando el viento susurraba entre silbidos cánticos ancestrales.
Cuando su corazón palpitante anhelaba la llamada de lo salvaje.
Ella, la luna, se mecía, picarona, entre las nubes embaucándolo con su poderoso embrujo.
Sabedora de su poder lo llamaba encumbrada en la cima de la montaña.
Fuerte y deslumbrante.
No podía resistirse y la llamaba, insistente, para regresar a sus brazos.
Para volver a la raiz del universo y fundirse el uno junto al otro.
Pero nunca cumplía su promesa y una y otra vez ella le engañaba.
Y una y otra vez él la creía. Con fervor enfermizo. Ese que sabes que no te será correspondido pero que te completa.
Que te hace sentir vivo.
Y así bailan eternamente, el lobo y su amada la luna.
Con el sueño efímero de algún día hallarse en los brazos el uno del otro.
Mientras tanto... No dejes de soñar conmigo mi dulce lobo.
(Virginia Martín)
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