martes, 30 de enero de 2018
CERRANDO EL CÍRCULO
Esto que voy a escribir ahora, es lo más personal e intimo que he escrito.
Cuando cumplí cuarenta años decidí que debía cambiar mi vida. Mi alimentación, cuidarme mas. Mi madre hacía unos casi tres años, por aquel entonces, de una operación en que le amputaron una pierna. Estuvo a punto de perder la vida. Yo veía lo que me costaba poder seguirle el ritmo a mi hijo. Era pequeño. Me costaba correr tras él. Siempre trabajaba y trabajaba, en mi negocio. Entonces comencé a salir a caminar, a comer más sano y a perder peso. Y durante todo ese tiempo la salud de mi madre se iba deteriorando. Mi pobre hermana, se pasaba las 24 horas del día con ella. Era una lucha diaria. El dinero se acababa, a pesar de haber vendido nuestra casa. Y junto con ella se fueron los recuerdos de toda nuestra infancia y juventud. Pero los cuidados de mi madre requerían mucho tiempo y dedicación. Y empezó a pasarle factura a mi hermana. A nivel físico, pero sobre todo emocional. Yo estaba atada con un negocio que al final fracasó, una hipoteca y una situación económica precaria. Al final mi hermana tuvo que irse fuera a trabajar. Y todo, lo que podíamos hacer, desde nuestras situaciones personales , lo hicimos. Mi madre iba empeorando y entró en una dinámica auto destructiva. Hasta que hace casi dos años falleció repentinamente.
Desde ese momento todo fue un huracán de emociones, dolor y luto. Nuestra salud, la de ambas fue empeorando. Lo único que nos daba fuerzas era permanecer unidas, juntas, como mi madre hubiera querido. Empezaron mis problemas digestivos, hormonales y los niveles de estrés no ayudaban mucho. Me angustiaba pensar que si mi hermana le ocurría algo no sabría como volvería a levantarme. Yo sentía, a la vez, que la sombra de las enfermedades y problemas de mi salud me perseguían. Y comencé a engordar. A pesar de cuidar lo que comía, de hacer ejercicio, la báscula subía y subía. Iba de médico en médico, buscando el motivo. Me quedan pocos kilos para volver a pesar lo que pesaba antes de los cuarenta años. Llevo un tiempo creyendo que estaba buscando en el lugar equivocado. Que me hacía las preguntas equivocadas.
Hoy treinta de enero he descubierto el porqué de todos mis desvelos y preocupaciones. La raíz de mi sobrepeso. Y siento que debo compartilo con otras mujeres. Con mi hermana, con mis amigas, conocidas, desconocidas, enemigas incluisive.
Todas llevamos en el adn, y la sociedad, en la que nos han educado y amaestrado, nos ha enseñado a auto castigarnos cuando no somos buenas hijas, buenas madres, buenas compañeras,...
Inconscientemente me he pasado en estos casi dos años, castigándome, por no haber comprendido las razones por las que mi madre hizo lo que hizo. Ella repitió a su vez ese esquema. Mi abuela falleció, mas o menos a su edad, y mi bisabuela también. Todas ellas descuidaron su salud, por dedicar su tiempo a los demás. Y si enfermaban parcheaban sus males a base de fármacos, remedios caseros, aguantando el dolor. Porque nos hemos ido inculcando, sin querer, ese espíritu de sacrificio, de devoción, de humildad, de poner la otra mejilla si nos castigan. De creer que merecemos estos males por que no somos buenas madres, hijas o esposas si no lo hacemos.
Mi madre encontró, al final de sus días, una válvula de escape en la comida. Apenas salía o quería hablar con nadie. La comida la consolaba, a pesar de que eso le repercutiera en su salud y empeorara su diabetes. Pero recordando y echándole cabeza ella no comía tanto como para acabar teniendo los problemas de peso que tuvo al final. El estrés que ella llevaba en su vida le impedía poder bajar lo que ella quería. Y tras hacer dieta durante dias, un pequeño capricho que se daba, le pasaba factura y engordaba y engordaba. Era un estado de alerta contínuo. Comenzó a caerse de la cama y le angustiaba molestar a nadie. Le asustaba que la ingresaran en el hospital. Toda esa tensión, todo ese miedo hacía que su cuerpo, su cabeza estuviera en alerta y no bajaba de peso. Y todo eso desembocó en su fallecimiento por un ictus.
Hoy me he dado cuenta de lo injusta que fui con ella. Nunca me puse en su lugar, ella me veía más delgada y yo no paraba de decirle que no tenía voluntad...
Mamá, donde quiera que estes ahora, mamá. Quiero pedirte perdón mamá. Por no haberme puesto en tu lugar, por no creerte, por pensar que me engañabas cuando en realidad me decías la verdad. Y sin darme cuenta llevo todo el tiempo desde que nos dejaste, castigándome, por no haberte creído mamá. Por juzgarte, por no comprenderte,... Estaba asustada mamá. Aún lo estoy. Pero tú, entre sueños, agazapada entre las sombras me has estado enviando señales. Y yo no las he querido escuchar. Pero eso se ha acabado. Quiero que sepas que no tenías la culpa, que hiciste tu labor como madre, lo mejor que pudíste. De la única manera que sabías, como te habían enseñado. Como nos hemos ido enseñando las mujeres unas a otras, desde que el mundo es mundo.
Hoy rompo las cadenas y te libero y me libero.
Voy a empezar a quererme de verdad, a cuidarme de verdad. Y sobretodo a perdonarme de verdad.
Gracias por tus enseñanzas.
Gracias por tu coraje.
Gracias por tu amor incondicional.
Gracias por escogernos a Vickie y a mi para ser tus hijas.
Gracias por darnos ese privilegio y honor.
No habríamos tenido una madre mejor.
Ya puedes descansar tranquila y en paz.
Te quiero mamá. Siempre.
(Virginia Martín Pérez)
jueves, 25 de enero de 2018
MAS QUE UN CUERVO, CIENTOS
Siento los cuervos sobre el techo del desván,
y ahí se acelera el pulso.
Procuro ordenar el torbellino de mis pensamientos.
Alejar el dolor, los lamentos.
Pero mi corazón se agita.
Bombea sin parar...
Uno,dos, tres, cuatro, hasta cientos.
Al compás, en sintonía, en movimiento.
Como un impulso que te arrastra a escalar entre las nubes, hasta llegar al firmamento.
Y volar, sin rumbo, sobrevolando la ciudad,
hacia el bosque, mas adentro, a lo más profundo.
Y perderse en la penumbra,entre los sauces llorones y los viejos robles.
Enredarte entre sus ramas. En armonía. En paz.
Y morir allí o vivir...para siempre.
(Virginia Martín)
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