Y se puso a gritar, en mitad de aquel sendero.
Con la boca desencajada y las manos hundidas en el lodo.
Llameantes ojos vigilando el camino.
Viendo a las otras alejarse sin poner remedio.
Con su corazón partido en dos.
En uno la devoción, en otro el amor.
En uno la admiración, en el otro el honor.
Arrastrándose en sentido contrario.
Haciendo caso omiso a su instinto.
Buscando siempre el terreno más escarpado.
La incertidumbre como modo de vida.
La adrenalina fluyendo bombeando atraves de su anhelante corazón.
El sudor de la aventura en las manos y aquel brillo atrevido en la mirada.
Sin vuelta atrás... sola. Sin redención.
Y corrió lo más deprisa que pudo, para alejarse de las dudas.
Del reconfortante aroma del hogar, de la tranquilidad.
Corrió a vivir sin redes de seguridad.
Hasta poner mar de por medio.
Si el humo me desvance apareceré entre la niebla se dijo.
Siempre resurgir, nunca rendirse.
Dame la mano madre, no quiero perderme.
Dame la señal... Ya salto.
Allá voy...
LA oveja descarriada...

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